Una vez casi acepté algo fugaz por "aburrimiento". FALSO. No era aburrimiento del momento, no era que no tenía nada qué hacer y que sólo paseaba por las calles de lima. Yo tenía otra cita, pero él era más interesante, más atractivo física y mentalmente que el músico al que ese día dije que no. Era que yo sabía que a lo mejor él andaba por ahí, que quizás me lo encontrase, me saludaría, diríamos un par de jelous y no nos volveríamos a ver.
Pero él es más atrevido que yo. Yo me conformaba con las miraditas, el coqueteo que cualquiera podría hacer en mi caso. Él no, él se atrevió a pedir, dijo las palabras que nunca nadie dice en voz alta. Esos pedidos que deberían ser tácitos a menos que sean pagados. Y yo, tontísima, mirando al cielo, sonreía como estúpida mientras pasaban sus colegas y le decía que sí, que claro, que tengo tiempo, que ando aburrida, que no tengo nada qué hacer...
Que si me arrepentía era libre de irme. Debía esperar a que él termine unos asuntos, esperar una hora o poco menos y eso hice. De lo más hincha, esperé mientras leía un libro... ¿o fueron dos? Y lo vi llegar, apareció justo cuando me temblaba todo. En el fondo yo no quería, no me parecía, pero era ya el final y no se suponía que lo volvería a ver.
Por fortuna terminamos conversando horas en un hueco (lugar donde venden alimento a un reducido público a falta de espacio) y besándonos en una oscura esquina de la ciudad.
Uno nunca hace las cosas sólo por aburrimiento, se tiene que saber a qué se va, a qué te expones, cuál podría ser el plan... Yo quería estar con él, quería besarlo sin que nadie lo sepa y también que el mundo se entere.
Las cosas con ese sujeto siempre serán flashbacks de momento. En los momentos en los que alguien más actúe como él. En los momentos en los que alguien más me haga actuar como la nena de aquella vez.